Ética Juridica y profesional

 

30 de mayo, 2008, Rafael del Rosal

Ética y Deporte

Artículo publicado en el nº 3, noviembre de 2007, de la Revista “Pueblos del sur”.

Las lágrimas de Marion Jones que vienen ilustrando las primeras de los periódicos de todo el mundo, por su notoriedad como reina de la velocidad en las Olimpíadas de Sydney, unidas a las de un largo rosario de atletas, a la triste muerte de Marco Pantani, al escándalo de la Operación Puerto y a la ciénaga de los últimos Tours de Francia, no hacen sino evidenciar lo que ya venían sosteniendo los comentaristas más serios. Que la práctica del dopaje –doping– no es cosa de algunos tramposos, sino que está generalizada en el denominado deporte de élite.

Las autoridades de la cosa siguen impertérritas empeñadas en la vieja política de prevención y represión, sin aceptar que eso hace del dopaje un síntoma y que la enfermedad es el propio deporte de élite, que es de élite pero no es deporte. Deporte es lo que hacemos en la escuela, los parques, los caminos, los gimnasios, con los amigos o en casa. Haciéndolo, nadie se dopa salvo alguno por tontería o extravío. Lo que llamamos deporte de élite es un descomunal negocio del espectáculo cuyas inversión y beneficios superan los cálculos más disparatados y, lo que es peor aún, una bandera. Consiste en que unos hombres y mujeres superdotados, sí, hagan cosas que no son humanas, que sobrepasan sus propios límites y, especialmente, los del común: Un siempre-más infinito.

La enfermedad moral está en pretender que tales gestas se hacen sin trampa ni cartón, porque eso es lo que permite venderlas masivamente al resto de la humanidad, en cuyo espíritu laten dos locuras que producen hambruna: La locura de ser dioses –espíritus inmortales- y la locura de la supremacía de la tribu –atávica garantía de supervivencia-. Ambas se sacian con las gestas de los héroes, entre otros, los atletas de lo imposible. De modo que las compramos a precios de lujo, cerrando el círculo infernal. Porque lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible…sin dopaje, al que ya deberíamos denominar divino brebaje. ¿Se acuerdan de Asterix, Superman, etc.?. Todos ellos hacían cosas humanamente imposibles aunque, al menos, todos reconocían que eran hombres comunes que solo conseguían ser divinos con la ayuda de algo añadido. Ese reconocimiento es lo que hace sanos y honestos esos relatos frente al discurso del deporte de élite.

El problema ético fundamental, por tanto, no está situado en el atleta, porque la ética exige relaciones libres e independientes y los atletas no lo son, pues sus contratos, más cercanos al estatus jurídico de los antiguos gladiadores a pesar de su remuneración (tan disparatada como los beneficios que genera), los hace alienus, los enajena al servicio de otro (empresario o nación), vendedor al fin de carne y ética, sí,… pero ajena. Y, además y sobre todo, porque la ética no obliga al ser humano a lo imposible, a lo sobrehumano, a lo heroico, sin perjuicio de que tal sea su paradigma. Solo lo obliga a ser honesto. Y eso es lo que son los atletas con sus patrocinadores, que es con quien tienen que serlo jurídicamente, haciendo lo que les piden: Reventar en la gesta, doparse y ocultarlo, soportando en exclusiva el sambenito si son descubiertos.

El problema ético fundamental está en el vendedor del atleta y de su gesta. Empresario, sponsor o nación que, cada uno por un interés distinto, lo vende como si fuera divino y, además, empeñado en ocultar que solo lo consigue con la ayuda de algo. Empeño que también pretenden ocultar con la persecución de esa ayuda. ¡Aún más tramposos que los vendedores del jarabe multi-remedios de las viejas películas del Oeste!.

El círculo de la insidia se cierra, sin embargo, desplazando ese problema ético fundamental a los atletas. Porque es verdad que éstos incurren en una falta de ética, pero no es la fundamental. Solo es la de aceptar un trabajo que, para sobrevivir y ascender socialmente, les hace partícipes en la gran estafa. Pero esa falta no es ni más ni menos grave que la nuestra, partícipes de la misma estafa moral como compradores. ¿O es que a los ciudadanos no nos va la ética en nada de todo esto?.

Como sociedad civilizada, moderna e ilustrada, solo nos cabe ante el problema, denunciarlo y exigir la liberalización del dopaje o, al menos, si se reconoce previamente. O que pague el fraude el vendedor que es quien de verdad lo hace. Es probable que entonces dejáramos de comprar deporte de élite en las cantidades que ahora lo consumimos. Es probable que el negocio se hundiera y hasta que volvieran a desaparecer unas Olimpiadas que dejarían de interesarnos en esos términos. Pero rescataríamos la dignidad de lo humano, recuperando algo de ética civil para la comunidad internacional.

Y dos apuntes más. También hay clases en esto del sobre-esfuerzo, su dopaje y su persecución. Nadie ha visto perseguir masivamente por dopaje a deportistas glamourosos como golfistas, tenistas, jockeys, pilotos de Fórmula I, etc. ¿O es que no se dopan?. Y los cantantes de ópera, bailarines de ballet, directores de orquesta, instrumentistas, pintores etc. ¿Se dopan? Y, si lo hacen, ¿son menos deshonestos por artistas?. No se sabe. Pero sí sabemos que se dopan los viejos rockeros. Será por eso que nunca mueren.